Sensaciones del viaje en colectivo
“Nunca olvido una cara. Pero en su caso, estaré encantado de hacer una excepción”, Groucho Marx
Viajar en el transporte urbano de pasajeros puede ser solo eso. Viajar y trasladarse de un lugar al otro. Pero también puede transformarse en fuente de esas pequeñas cosas en donde se encuentra la felicidad. Quiero decir, hay situaciones que van surgiendo que a uno le alegran el día, o al menos un rato de el.
Si el colectivo viene lleno, a uno no le queda otra que pararse. Ahora bien, y acá viene el dilema, ¿a dónde es mejor sentarse? Por lógica, si uno tiene la intención de sentarse, iría a parar al fondo, porque hay casi 6 o 7 posibilidades de que se desocupe un lugar. Pero saquemos esta opción, teniendo en cuenta que a muchos no les gusta esta parte, por el constante ruido o porque, sobre todo invierno, las puertas se abren en cada esquina, con la ventolada de aire frío que supone.
Entonces digamos que uno tiene que elegir entre ponerse al lado de alguno de los pares de asientos, o del lado de los asientos simples. A lo que voy es que cuando uno elige una de estas opciones, se le está jugando a que cierta persona se va a levantar antes que otra para poder usurparle el lugar. Acá viene lo divertido. ¿Cómo elige esto uno? Por lo menos yo intento mirar a ver si alguien se está moviendo o está acomodándose los papeles, en clara señal de salida. O si alguno está mirando constantemente por la ventana como queriendo que el lugar se adelante para bajarse. La cuestión es que en cierta forma esto es muy azaroso. Porque tranquilamente uno se puede mover, acomodar los papeles o mirar por la ventana sin tener intenciones de bajarse.
Cuestión que uno elige un lugar. Ahora, si ese lugar es el primero en desocuparse, uno estalla de alegría. Cuando uso estallar, obviamente hablo metafóricamente, pero no quiero dejar de decir que cuando uno la pega, porque es eso, pegarla, siente una muy grata sensación que lo invade lentamente. Eso me pasó hoy. Y fui feliz, como me pediría Gerardo Martinez Lo Re.

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