
Por Juan Chiummiento
El pasado 9 de noviembre se cumplieron dos décadas de la caída del Muro de Berlín, símbolo máximo de la Guerra Fría. Detrás de este hecho, también sucumbió el sueño del socialismo real, erigiéndose el capitalismo como el único sistema posible en un mundo trazado por la doctrina neoliberal. Con el “fin de la utopías”, como alguna vez supo escribir el italiano Claudio Magris, desaparecieron las ilusiones de un mundo mejor y más justo, banderas que durante los sesenta y los setenta eran levantadas por jóvenes alrededor de todo el globo. En nuestro país, la universidad representaba ese punto neurálgico donde confluían los deseos revolucionarios: estudiantes de todas las clases acompañaban al movimiento obrero en pro de cambios reales en la sociedad, con la figura del Che como icono inigualable de esa rebeldía.
Cuarenta años después del “Cordobazo”, suceso insignia de esos años de lucha, la situación es completamente diferente: la militancia universitaria acapara sólo a un puñado de estudiantes, las asambleas en las facultades apenas alcanzan el centenar de asistentes y su accionar político difícilmente trasciende las fronteras externas. Lo cierto es que la coyuntura no ayuda demasiado. Con el “no te metas” del neoliberalismo y el “que se vayan todos” de 2001 como frases todavía presentes, las agrupaciones políticas son poco atractivas para cobijar las necesidades de las nuevas generaciones.
De todas formas, la militancia no ha dejado de existir. Sobrevive hoy un núcleo de estudiantes que obstinadamente persiguen la utopía de “transformar la realidad”, aunque sus objetivos están centrados en la política reivindicativa universitaria. Ante este duro contexto, ¿cuáles son los desafíos actuales de esta militancia?
Joaquín Olivera tiene 24 años y es el presidente de la Federación Universitaria de Rosario (FUR). Oriundo de Chaco, dice que “nació militando”, aunque su primer registro lo traslada a 1995, a la campaña que lo coronó gobernador a Ángel Rozas. “En realidad, yo estaba en el partido de Alfonsín. Después me enteré que era el radicalismo”, cuenta quien en 2005 inició actividades en la agrupación Franja Morada de la Facultad de Humanidades.
Olivera dice no entender otra forma de vida que no sea ligada a la militancia. “¿Qué hacen los chicos a la tarde? ¿Van al parque? No lo sé. Yo si no tengo que estudiar, no se qué hacer”, sintetiza. Cuando se le pregunta por los principales reclamos, no vacila demasiado: “En primer lugar mayor presupuesto universitario. Y luego hay otros, como el medio boleto o más plata para investigación”.
Con los objetivos sobre la mesa, queda claro que el eje del accionar estudiantil dista mucho de lo que sucedía antaño. Así lo entiende también el diputado provincial Gerardo Rico: “La militancia es hoy el eje de la política universitaria. Sacando los más politizados, la mayoría están centrados en estrategias reivindicativas puertas adentro, como si la universidad fuera una isla dentro del contexto nacional del país”, afirma el legislador perteneciente al bloque del Frente para la Victoria.
Para Zulema Morresi, titular de la cátedra de Filosofía Política en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), la situación es muy preocupante. Según su visión, la militancia hoy se juega “entre el ofrecimiento de servicios y su revés: ganar votos. Existe algo de pasión, pero más como forma de pertenencia a un grupo de contención que a otra cosa”.
Aunque el panorama parece claro a la luz de los acontecimientos, algunos no coinciden con esa visión que deja a la militancia universitaria con pocas posibilidades de acción externa. Uno de ellos es Nicolás Rufine, presidente del Centro de Estudiantes de la misma facultad. Para él, la militancia vive un proceso de transformación, ya que justamente hay muchísimas personas desarrollando actividades “en otros territorios”, como por ejemplo en la resistencia que están realizando junto a una decena de familias en el predio de Ituzaingo 60 bis.
“En realidad, el desafío nuestro pasa por ser más creativos. Los estudiantes te manifiestan que la política es una cosa aburrida y sucia, algo que se heredó de la corrupción menemista y alfonsinista, y los partidos han generado una lógica de clientelismo que tenemos la obligación histórica de desandar y re configurar”, opina Rufine, que responde al frente de izquierda conformado por las agrupaciones Santiago Pampillón y Alde.
Dos grandes responsables
A la hora de señalar las causas que llevaron al escenario actual, los consultados no anduvieron con demasiadas vueltas: todos coinciden en resaltar las nefastas consecuencias de siete años de terrorismo de Estado y casi veinticinco de doctrina neoliberal.
La profesora Zulema Morresi afirma que el desplome de la militancia se explica por “el terrorismo de Estado, que derrumbó la ilusión de construir una sociedad mejor y mostró la contundencia de la represión”. Paralelamente, la docente opina que la implementación de modelos neoliberales “hicieron entrar el marketing en la política, donde todo se negocia, produciéndose el desprestigio del discurso político”.
Similar visión presenta Héctor Cavallero, viejo militante del socialismo. Para el ex intendente, además del neoliberalismo –“que enseñó a despreciar las ideologías”- existe otro fenómeno que juega un rol muy importante, la denominada sociedad de consumo. “Ahora la gente vive detrás de metas individuales, ya no pasa por ser más, sino por tener más”, afirma.
Cavallero fue uno de los adherentes en la creación de la Agrupación Pueblo y Reforma Indoamericana (Apri), una de las organizaciones precursoras del Movimiento Nacional Reformista (MNR) en la Facultad de Medicina. Casi medio siglo más tarde, analiza aquellos años: “Existía una efervescencia que de alguna manera obligaba a los estudiantes a militar. La Revolución Cubana de 1959 y la erupción de los movimientos de liberación nacional motivaban mucho y existía la utopía de la revolución, inclusive de una manera exagerada. Con la destrucción de esa posibilidad, simbolizada con la caída del Muro de Berlín, se fue desmoronando el sueño de que la revolución se podía hacer”.
Así, de aquellas fantasías sesentistas y setentistas sólo quedan los recuerdos. La sangre derramada por la dictadura dinamitó la vida de millares de jóvenes que luchaban por un mundo mejor. La primavera alfonsinista, que despertó algunas ilusiones, duró menos de un lustro, esfumándose al poco tiempo. Finalmente fue la década menemista y su Dios mercado quienes se encargaron de sellar un final doloroso, pero previsible.