Alguna vez mi viejo me dijo que el mejor momento de la semana era el domingo a la mañana. Porque uno estaba medianamente tranquilo. Ya le había pasado el trajín del trabajo, con los últimos resabios degradados un día antes, y encima todavía le quedaban 24 horas para disfrutar en familia, con la tranquilidad y la paz que supone el poco movimiento de autos y colectivos en la ciudad. Si a eso se le suma que uno puede desayunar sin apuros, leer el diario sin pensar en “lo que voy a hacer hoy”, creo que, al final de cuentas, tenía razón.

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